Muchas personas hoy no
leen la Biblia, pero si la vida de la gente. Pues aquí tenéis un testimonio del
paso de Dios en mi vida, donde día a día va escribiendo.
Un pequeño empujón hizo
falta para llevar a cabo una idea que rondaba en mi mente y que no la llevaba a
la práctica por falta de tiempo y otras prioridades. Esta idea era formar parte
de una gran familia “el coro Espíritu Santo”.
Me di cuenta que no
valían las escusas, ¿qué podía ser más importante que la llamada la alegría de
orar cantando? Así tomé las palabras de San Pablo “todo lo puedo en Aquél que
me conforta”. Porque Él habita en nosotros, solo hay que saber escuchar y
acogerlo. No es un Dios escondido, se revela y camina a nuestro lado. Yo lo
encontré en este coro y en las personas que lo forman y lo han formado. No dudé
en abrazarlo y amarlo.
Mi voz fuerte y grave
pero desafinada, otras son agudas y débiles pero afinadas. Todas en cohesión y
poniendo el corazón en algo que queremos manifestar a voces, logramos que se
complementen y conseguimos lo que sería imposible alcanzar en soledad.
Son esos momentos en los
que a nosotros mismos se nos pone la piel de gallina al escuchar y sentir la
emoción de nuestros cantos, lo que hace posible esa sensación de placer al
sentir la presencia de Dios tan cerca que son incomparables.
También son gratos,
divertidos y liberan del estrés esos ratos de ensayos, donde pedimos el solo de
Guada, las “coplas”de Manolo y como dejarse atrás las palabras de nuestro señor
director cuando dice que parece que estamos cantando “la Parrala” y ese “os
quiero” de María José!
¡Gracias, querido coro!,
es una alegría teneros y caminar juntos en la Fe.

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