Isabel Jiménez



Muchas personas hoy no leen la Biblia, pero si la vida de la gente. Pues aquí tenéis un testimonio del paso de Dios en mi vida, donde día a día va escribiendo.
Un pequeño empujón hizo falta para llevar a cabo una idea que rondaba en mi mente y que no la llevaba a la práctica por falta de tiempo y otras prioridades. Esta idea era formar parte de una gran familia “el coro Espíritu Santo”.
Me di cuenta que no valían las escusas, ¿qué podía ser más importante que la llamada la alegría de orar cantando? Así tomé las palabras de San Pablo “todo lo puedo en Aquél que me conforta”. Porque Él habita en nosotros, solo hay que saber escuchar y acogerlo. No es un Dios escondido, se revela y camina a nuestro lado. Yo lo encontré en este coro y en las personas que lo forman y lo han formado. No dudé en abrazarlo y amarlo.
Mi voz fuerte y grave pero desafinada, otras son agudas y débiles pero afinadas. Todas en cohesión y poniendo el corazón en algo que queremos manifestar a voces, logramos que se complementen y conseguimos lo que sería imposible alcanzar en soledad.
Son esos momentos en los que a nosotros mismos se nos pone la piel de gallina al escuchar y sentir la emoción de nuestros cantos, lo que hace posible esa sensación de placer al sentir la presencia de Dios tan cerca que son incomparables.
También son gratos, divertidos y liberan del estrés esos ratos de ensayos, donde pedimos el solo de Guada, las “coplas”de Manolo y como dejarse atrás las palabras de nuestro señor director cuando dice que parece que estamos cantando “la Parrala” y ese “os quiero” de María José!
¡Gracias, querido coro!, es una alegría teneros y caminar juntos en la Fe.



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